Sobre la mala educación o la poca educación
Leí hace un par de días un artículo en El Mundo (edición de Huelva) sobre la asistencia variopinta a los teatros. En el mismo, se sugería (algo que ya conocía) que en algunos lugares como en Huelva el teatro (el Gran Teatro), la ópera u otros lugares de “culto” sirven para hacer más bien relaciones sociales, más que para disfrutar de un acto cultural.
Es totalmente cierto. Hay muchas personas que van al teatro y se cuentan su vida mientras los actores dan vida a sus personajes. Están, por un lado, las viejecitas o “marujas” que charlan sin parar. Están, por otro lado, los que relatan lo que pasará con antelación; a veces en voz alta o a veces en voz baja. Recuerdo una función de ópera en Huelva en la que, cuando terminaba un aria, el de atrás (un señor mayor) decía ”¡Olé!”; previamente había taconeado todo el aria de forma ruidosa. Algunos me producen pena; otros, ira.
Y, por último, están aquellos, como denuncia el artículo, que dejan el móvil abierto y incluso lo dejan sonar y ¡lo cogen!. Francamente, hay cenutrios e imbéciles integrales que no saben ir al teatro (o cine, u ópera, o lo que sea), y que sólo van para ser vistos: a esos, mi más absoluto desprecio.
Los modales se están perdiendo, y la cultura, que debe ser algo para disfrutar, es algo para ostentar, para fardar. Para dejarse ver. Como he dicho, a éstos, mi desprecio desde aquí.
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Nota: No toda la culpa, por así decirlo, es de los propios asistentes. Recuerdo un acto en el Foro Iberoamericano de La Rábida (al aire libre), La Traviata. Se programó cuando había una romería en Palos de la Frontera. Cuando la soprano cantaba uno de los primeros arias, volaba un cohete desde el fondo. La explosión coincidió con un sobresalto en el timbre de voz. Lo siguiente que vi fue a “la autoridad” mandando a agentes de la Guardia Civil para que rondasen en la romería asegurándose de que eso no volviese a pasar…

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